viernes, 13 de enero de 2012

Guayasamin

Mil lágrimas que no forman un río, se dispersan, se separan, se alejan por el cuerpo que respira furia y transpira rencor. Lágrimas que no surgen en los ojos, salen del alma y se escurren entre los dedos inmóviles, apoyados en la tierra buscando calor.
Pero no las seques, dejá que se evaporen, no cortes su camino. Estas lágrimas deben dejar su marca, en el rostro, en el pecho desnudo, sino el dolor se estanca... No dejes que se estanque, dejalo que corra, grite, golpee y arañe de desesperación. Con ira, con bronca, con desesperanza, con la esperanza de volver a ser fuego, pero sin remordimiento, con la alegría del que se embarra en mierda para encontrar la libertad utópica y hacerla real, moldearla y compartirla, aunque no nos perteneza compartirla, que nadie se quede sin fumar de su existencia, de absorver su inexistencia... Cubrir de humo a la humanidad que espera inmutable a la libertad sin saber qué es, sin saber qué es lo que esperamos, sin saber que esperamos, hundidos en ignorancia, pero esperando.
Y a quién le importa qué es la libertad? Quién busca definirla con palabras vistosas? Quién sino elige esperar sentirla, sentir que nos envuelve y nos exime del mundo, de nosotros mismos.
Existirá?
Y entonces de nuevo lágrimas, lágrimas de pasados y de futuros, de un futuro inalterable y frío en su austeridad... Pero jamás lágrimas de miedo, siempre la valentía de saber que estamos solos y que sólo hay una cosa en nuestras vidas que el destino ha marcado y que lo demás... para lo demás hay que luchar.

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